Skip to main content

Especialistas abordan el trauma y las prácticas transformadoras en Congreso Internacional de Trabajo Social Clínico UV

10 agosto 2026

En undécima versión del encuentro intervinieron destacados académicos e investigadores de España, Estados Unidos, Argentina y Chile, quienes analizaron diversas perspectivas sistémicas y narrativas, el valor de la intervención comunitaria, el capital cerebral, los avances profesionales, el rol de las emociones y el impacto de las metodologías corporales.

Comprender el trauma como una experiencia individual y colectiva que, como tal, está presente de manera situada en las comunidades, las instituciones, los territorios, los procesos históricos y en las relaciones que establecen las personas entre ellas, fue el objetivo de los análisis, las reflexiones, los diálogos y las propuestas que concitó la undécima versión del Congreso Internacional de Trabajo Social Clínico de la Universidad de Valparaíso.

El encuentro, organizado por la Escuela de Trabajo Social, tuvo lugar en el auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales de esta casa de estudios y consideró la participación como expositores invitados de los académicos e investigadores José María Morán, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España; Laura Chmielewski, de la Universidad de Belgrano, Argentina; Naelys Luna, de la Universidad Atlántica de Florida, Estados Unidos; Sandra Iturrieta y Clément Colin, de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, y Cristian Pinedo Acuri, del programa de Magíster de Trabajo Social Clínico de la UV.

Sus presentaciones versaron sobre diversas perspectivas sistémicas y narrativas, el valor de la intervención comunitaria, el capital cerebral, las transformaciones profesionales, las emociones cotidianas y el impacto de las metodologías corporales como herramientas de relevancia para la práctica clínico social, las cuales fueron seguidas de manera presencial por 178 personas, a las que se sumaron otras cien en modalidad telemática.
 
El congreso fue inaugurado por el director de la Escuela de Trabajo Social de la UV, Mauricio Ureta, quien en su discurso destacó la importancia de contar con un espacio destinado a pensar, redefinir y resaltar la trascendencia de una profesión que ha sido vital para el bienestar de los individuos y la sociedad, desde que surgió hace un siglo y que, en ese entendido y a la luz de los sucesos actuales, está llamada a seguir siéndolo durante la actual centuria y más.

En concordancia con este planteamiento, el director aprovechó la oportunidad de agradecer y rendir un homenaje público a tres docentes de ese plantel que, desde distintas esferas de responsabilidad, contribuyeron al desarrollo y la consolidación de este congreso. Este reconocimiento lo recibieron las profesoras e investigadoras Elena Salum y Cecilia Concha y el profesor Christian Corvalán, actual vicerrector de Gestión Institucional.

Acuerdo semántico

El primero de los invitados en exponer en el Undécimo Congreso Internacional de Trabajo Social Clínico de la UV fue el doctor en Trabajo Social y licenciado en Sociología José María Morán, profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España, cuya ponencia se tituló “De la Teoría de Sistemas al acuerdo semántico y de la queja a la autonomía. Sara Cobb y el Modelo de Trabajo Circular Narrativo”.

El tema lo abordó mediante un enfoque epistemológico de los marcos teóricos, metodológicos y técnicos que permitieron a dicha autora desarrollar su propuesta terapéutica.

Morán inició su presentación con un análisis general de los conceptos de la interconectividad, de la cibernética de primer y segundo orden y, también, de los procesos de comprensión de la familia y de la comunidad, en cuanto red estructural. Posteriormente, se refirió al giro narrativo como base sobre la que se asienta la metodología de trabajo de Cobb, en la que el lenguaje surge como constructor de la realidad y facilita los flujos de historias en el espacio clínico.

Seguidamente, enfatizó en el acuerdo semántico como nueva manera de ver cómo se pueden solucionar los conflictos entre las personas sin emplear enfoques adversativos ni tradicionales, o definir la patología como el origen o causa de los problemas, sino entendiendo que detrás de todo ello lo que hay y prima es, siempre, una visión del mundo basada en lo relacional. Es decir, en la estabilización de los significados compartidos mediante procesos circulares.

El docente de la Universidad Pablo de Olavide dedicó parte importante de su presentación a la intervención psicosocial, con el objetivo de descubrir y entender dónde termina este ejercicio y dónde empieza el trabajo clínico, para lo cual apeló a la terapia centrada en soluciones.

En ese tránsito, dio cuenta del giro que ha venido ocurriendo desde la tradición de los modelos de primera generación o tradicionales hacia el modelo narrativo, no sin antes hacer un paréntesis dentro del cual expuso el impacto que han tenido las redes sociales y la inteligencia artificial en la forma en la que hoy se moldea la visión del mundo y la construcción del ser, dando paso a la delegación de las emociones en los algoritmos.

Respecto de los primeros modelos, sostuvo que estos son más lineales y mecánicos, por lo que hasta cierto punto obligan al terapeuta a posicionarse en un lugar externo para mirar la realidad e interpretarla, para que así el sistema vuelva a ser funcional. Por el contrario, a su juicio el modelo narrativo apuesta por desestabilizar los formatos de pensamiento, para, a través del lenguaje —de la articulación del lenguaje—, observar la realidad de una manera mucho más abierta, flexible y dinámica. “El terapeuta se propone así como proconstructor de esta realidad y, por lo tanto, forma parte del sistema”, aseguró.

Apelando a los postulados de Sara Cobb, José María Morán sostuvo finalmente que esta nueva mirada frente a la realidad hace posible el surgimiento de una historia conjunta alternativa que a la vez es más sana, más lúcida, más clarividente y que genere menos sufrimiento. A modo de síntesis, consignó que se trata de una apuesta para transformar una construcción narrativa rígida, separada, que confronta o que produce síntomas de sufrimiento y demanda, en una desestabilización.

“¿Esto es fácil? No es fácil. ¿Esto es algo rápido? A veces no es tan rápido. Los individuos, los seres humanos, requerimos reflexividad de tiempo. Somos procesos, yo pienso que somos procesos. Hay que respetar entonces los procesos. Hay gente que va más rápido; unidades familiares, individuos, grupos profesionales que van más rápido. Otros van más lento. Pero esta me parece una alternativa maravillosa para romper con las dinámicas tradicionales, que a la vez es empoderadora para el trabajo social, empoderadora para la psicología, empoderadora para generar equipos de transformación terapéutica, que al fin y al cabo es lo que la sociedad nos demanda y nos pide”, concluyó.

Intervenciones transformadoras

Tras la exposición del académico español hizo uso de la palabra la psicóloga e investigadora argentina Laura Chmielewski.

La docente de la Universidad de Belgrano, quien es autora y ha colaborado en una serie de trabajos y publicaciones sobre la experiencia de la movilidad humana, las redes de apoyo y los recursos comunitarios frente a escenarios de vulneración, centró su ponencia en tres casos de intervenciones transformadoras en comunidades atravesadas por situaciones traumáticas.

El primero de ellos fue el desastre de la Estación Once de la ciudad de Buenos Aires, en el que murieron 52 personas y 800 resultaron heridas. Ocurrido el 22 de febrero de 2012, su nombre alude al accidente ferroviario que protagonizó un tren de pasajeros que al no poder frenar a tiempo durante su ingreso al andén chocó contra la topera de la vía por la que se desplazaba.

El segundo fue el asesinato de Nuria Couto y Natalia Grenbenshicova, jóvenes de 15 y 18 años respectivamente, quienes el 11 octubre de 2016, tras salir de la Escuela Manuel Belgrano, fueron apuñaladas en la Plaza Irala del barrio de La Boca por un hombre del que luego de supo que había estado internado en un hospital psiquiátrico. El hecho conmocionó a la capital argentina y particularmente a la comunidad de ese establecimiento educativo.

El tercer caso dio cuenta de los resultados de una investigación que ella y otros colegas realizaron en 2025 sobre las estrategias colectivas que implementó un grupo de personas migrantes en la zona metropolitana de Buenos Aires, en respuesta a los discursos de odio y las prácticas violentas de las que estaban siendo objeto en su vida cotidiana, por parte de residentes locales.

Con base en estos ejemplos, Chmielewski analizó las múltiples variables que confluyen en las intervenciones biopsicosociales, a través de un marco teórico y de algunas definiciones que entregó de las prácticas y los conceptos involucrados, cuyo fin último —sostuvo— es promover el bienestar de las personas.

Respecto del trauma, la académica e investigadora de la Universidad de Belgrano dijo que se trata del vencimiento de la barrera protectora de los estímulos que implican la sorpresa y la no preparación del Yo, mientras que a la intervención la catalogó como el conjunto de acciones destinadas a aliviar o desviar los riegos y procesos sociales que impiden a un individuo o grupo de personas estar bien o mejorar su calidad de vida. En tal sentido, explicó que las situaciones traumáticas son aquellas que generan daño, malestar o que a veces, también, sacan a la luz otras cuestiones o problemas que existen con anterioridad.

 “No tenemos que olvidar esto, porque si no parecería que las cuestiones suceden en el vacío. Y un trauma no sucede en el vacío, sino en una sociedad en particular, en un momento determinado, con cuestiones que lo atraviesan, con dinámicas, relaciones y procesos sociales; con el Estado presente o ausente, o presente de otra manera. Estos son asuntos que hay que considerar y a los que tenemos que brindar la debida atención cada vez que nos veamos expuestos a ellos”, aseguró.

Capital colectivo

La tercera exposición del congreso estuvo a cargo de la doctora en Trabajo Social Naelys Luna, decana fundadora de la Facultad de Trabajo Social y Justicia Penal de la Universidad Atlántica de Florida, Estados Unidos, quien mantiene una fluida colaboración con la UV.

Su presentación la tituló “Reimaginando la arquitectura de la capacidad humana: la economía cerebral, las universidades y el futuro del trabajo social clínico”, en la que conectó cuatro temas que con frecuencia se abordan por separado: la idea de la salud cerebral, el concepto de economía del cerebro, el papel que han de jugar las instituciones de educación superior en el desarrollo de estos dos conceptos y el liderazgo del trabajo social clínico.

Sobre esta base, Luna argumentó en primer término que en un mundo marcado por la inteligencia artificial, el envejecimiento de la población y el aumento de los trastornos de salud mental y neurológicos, hay un creciente nivel de desconexión social.

“Si tenemos en mente todos estos problemas, el futuro dependerá de cuán intencionalmente construyamos el capital cerebral. Y por esto me refiero a la capacidad cognitiva, emocional, social, creativa y adaptativa de las personas y las comunidades. En términos sencillos, de nuestra capacidad colectiva para aprender, sanar, relacionarnos, trabajar, crear y participar plenamente en una vida cotidiana”, precisó.

Al respecto, la académica estadounidense sostuvo que esta definición no refiere solamente a la neurociencia ni a la economía, sino a las personas y las condiciones que hacen posible el florecimiento humano.

Por tal motivo, observó, el trabajo social clínico ha tenido y sigue teniendo una gran importancia, ya que capacita a quienes lo ejercen para comprender a las personas en su contexto, entender el trauma, las relaciones, los sistemas familiares, las comunidades, la cultura, las instituciones y las políticas públicas.

“Sabemos que los cerebros saludables no se desarrollan en aislamiento. Se desarrollan allí donde hay seguridad, pertenencia, oportunidades, cuidado y justicia.  Entonces, mi intención no es prescribir un modelo único, sino invitar a una conversación compartida sobre cómo el trabajo social clínico puede ayudar a construir un futuro más humano”, dijo.

Bajo esa perspectiva, y como eje central de su presentación, Luna comentó que es imperioso saber qué sucede cuando los sistemas diseñados para apoyar a las personas ya no corresponden a la complejidad de sus vidas.

En ese entendido, afirmó que hay cuatro factores que en la actualidad comprimen la capacidad humana: la carga neurológica, la inequidad sistémica, la transformación laboral y la fractura social.

Según explicó la decana fundadora de la Facultad de Trabajo Social y Justicia Penal de la Universidad Atlántica de Florida, estas “fuerzas tectónicas” generan presiones interconectadas que obligan a las personas a adaptarse con una rapidez mayor a la que los propios sistemas utilizan para regenerar. Añadió que a eso se debe sumar que, al mismo tiempo, la inteligencia artificial está transformando la manera en que los individuos aprenden, trabajan, se comunican, prestan servicios e, incluso, son capaces de comprenderse ellos mismos.

“Esto genera enormes oportunidades, pero también plantea preguntas que son profundamente humanas. Por ejemplo, ¿qué habilidades necesitarán las personas para prosperar? ¿Qué apoyos necesitarán las familias? ¿Cómo protegemos la dignidad, la confianza, el juicio, la empatía, el cuidado ético dentro de sistemas potenciados por la tecnología? Por supuesto, no podemos tener esta conversación sin hablar de la equidad, del acceso a la prevención, al tratamiento, a los apoyos para la recuperación y a los servicios de calidad, que no están distribuidos de una forma uniforme.

Por lo anterior, Naelys Luna aseguró que el desafío que de esto surge no es académico ni técnico, sino moral, relacional y profundamente humano.

“La urgencia es la siguiente. La carga de los problemas de salud cerebral, la disrupción tecnológica, el estrés social y la inequidad no son cosas separadas, están interconectadas. Si en el siglo XX se invirtió enormemente en infraestructura físicas —en edificios, hospitales y escuelas—, durante las primeras décadas del siglo XXI se ha invertido en infraestructura digital, la próxima era debe invertir, con la misma intención, en la capacidad humana, en la salud cerebral, en el capital cerebral”, cerró.

Transformación profesional

El programa del encuentro continuó con la ponencia “Conocer para transformar: el sufrimiento humano y el futuro del trabajo social clínico”, que impartió Sandra Iturrieta, doctora en Ciencias Sociales y magíster en Análisis de los Problemas Sociales en las Sociedades Avanzadas.

En la ocasión, la docente e investigadora de la Escuela de Trabajo Social de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso reflexionó sobre el futuro de las profesiones, en particular del trabajo social y la psicología, frente a las proyecciones que advierten que muchas podrían desaparecer o transformarse drásticamente para el año 2050.

Este fenómeno potencial lo enfocó sobre la base de tres marcos analíticos: la adaptación cognitiva, la transformación cautelosa y la sociedad post profesional.

El primero, dijo, responde a la perspectiva que señala que aunque las profesiones cambian, la formación universitaria otorga un capital cultural y cognitivo suficiente para que los profesionales se adapten sin que la disciplina desaparezca en la práctica.

El segundo, lo esbozó como un reconocimiento del hecho de que la metamorfosis profesional es un asunto concreto, aun cuando no existe evidencia empírica suficiente para afirmar con certeza que las profesiones vayan a extinguirse.

Y el tercero, lo identificó como la perspectiva que sostiene que la sociedad actual vive una democratización del conocimiento impulsada por las redes de comunicación, la hiperconectividad y la inteligencia artificial. Una suerte de ambiente en el que los usuarios acceden a información especializada previamente reservada a los expertos, llegando a las consultas con autodiagnósticos o soluciones previas (en salud mental, medicina o asesoría jurídica a través de plataformas automatizadas).

Esta última hipótesis, afirmó Sandra Iturrieta, plantea que la democratización del conocimiento a través de la tecnología y la inteligencia artificial está permitiendo a las personas acceder a saber especializado que antes era exclusivo de los profesionales.

Asimismo, repasó la evolución histórica del trabajo social, señalando cómo ha cambiado de denominación y función con el tiempo —de visitadoras sociales a servicio social y trabajo social—, y que sugiere que en el futuro la disciplina podría fragmentarse en roles más específicos orientados a la gestión (como gestores de calidad de vida o mediadores ambientales).

Ante este escenario de cambio y la creciente complejidad del sufrimiento humano, la expositora planteó que las profesiones son construcciones sociales que deben fortalecer sus jurisdicciones para no perder relevancia.

Por ese motivo, sostuvo que el trabajo social clínico emerge como una oportunidad estratégica de reinstalación y resistencia. Al respecto, comentó que su valor central radica en mantener aquello que ha caracterizado a la profesión durante un siglo: la relación directa con las personas y la inteligibilidad relacional del sufrimiento humano, como una manera de entender que el padecimiento no solo es un problema individual o biológico, sino un aspecto que está arraigado en los vínculos y el entorno social.

Emociones y deseos

La quinta y última presentación le correspondió al psicólogo y doctor en Geografía Clément Colin, también profesor de la Escuela de Trabajo Social de la PUCV.

En su ponencia “Las emociones cotidianas como campo político: temporalidades y espacialidades de la intervención social”, el docente e investigador analizó cómo los afectos y los sentimientos de las personas están atravesados por dinámicas de poder, estructuras sociales y desigualdades. En este contexto, concibió y definió lo cotidiano no como una simple rutina u “ordinariedad”, sino como un espacio primario de significación y relación con el mundo.

Asimismo, alejándose de una visión meramente íntima o privada, propuso entender la emoción como una fuerza afectiva capaz de conectar al individuo con el entorno, la sociedad y el tiempo, buscando aportar con conceptos de la sociología y geografía de las emociones al trabajo social.

A través de su diagnóstico, Colin dio cuenta de una paradoja contemporánea: aunque las emociones son omnipresentes en el espacio público y circulan masivamente mediante las redes sociales y la tecnología, la sociedad actual atraviesa una marcada dificultad para proyectar el futuro.

Apoyándose en el concepto de realismo capitalista de Mark Fisher, el profesor de la PUCV sostuvo que el mercado suele absorber la imaginación y deseos antes de que puedan materializarse como alternativas de cambio. Además, criticó los modelos estandarizados de felicidad basados en el éxito individual y promovidos por visiones como la psicología positiva, pues imponen expectativas inalcanzables.

“Estamos en un mundo donde es cada vez más difícil imaginar un futuro; en un mundo donde el mercado logra captar los deseos y las imaginaciones antes de que se concreten. También estamos en un mundo en el que las emociones son cada vez más orientadas por lo político y lo económico”, detalló.

Por lo anterior, en su opinión esto genera que los malestares sociales terminen siendo psicologizados e individualizados, responsabilizando a las personas por sus propios padecimientos en lugar de atender a sus causas estructurales.

Frente a este panorama, Clément Colin propuso indagar de qué manera estas presiones emocionales y políticas se manifiestan e impactan en la vida cotidiana.

Taller

El congreso culminó con el taller “Conversaciones de cuerpes en movimiento como herramienta para el trabajo social clínico. Una experiencia vivencial”. que impartió Cristian Pinedo Acuri, profesor del programa de Magíster en Trabajo Social Clínico de la Universidad de Valparaíso.

Con base en su reconocida experiencia en intervención en ámbitos educativos, comunitarios y de salud mental, el profesional formado en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, guio un ejercicio que articuló ejercicios corporales, metodologías sexoexpresivas y nociones asociadas a diversas disciplinas, con la finalidad de reconocer el cuerpo y la experiencia sensible como dimensiones relevantes de los procesos de acompañamiento y transformación.

Las presentaciones completas de los expositores que intervinieron en el XI Congreso Internacional de Trabajo Social Clínico UV están disponibles aquí.

Nota: Gonzalo Battocchio / Fotos: Matías Salazar