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“En el mundo de hoy nos está faltando coraje para decir la verdad y romper nuestras estructuras mentales”

27 octubre 2026

Luis Blengino, profesor de filosofía, académico e investigador de las universidades de La Matanza y de Buenos Aires visita por estos días la Escuela de Sociología de la UV, donde ha participado en diferentes actividades. Este miércoles, con base en el pensamiento de Hannah Arendt y Simone Weil, dictará una conferencia sobre la imperiosa necesidad de comprender mejor el presente y aportar luz a un devenir que a vista de muchos se torna cada vez más opaco.

“Hannah Arendt y Simone Weil, mujeres pensadoras en tiempos de oscuridad” se titula la conferencia que este miércoles 28 de octubre, a las 12:00 horas, en la biblioteca de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Valparaíso dictará el profesor de filosofía Luis Félix Blengino, doctor en Ciencias Sociales e investigador de la Universidad Nacional de La Matanza y de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.

El docente trasandino arribó a la UV en el marco de una visita académica asociada a la ejecución del proyecto institucional UVA 2499, que busca fortalecer la articulación y la vinculación de los procesos formativos en todos los niveles y, además, en el contexto del desarrollo de una investigación que el diseñó y dirige y que, en lo esencial,  busca determinar cómo el pensamiento conservador de la Europa continental interpreta y permite diagnosticar una crisis cultural derivada de la hegemonía del neoliberalismo.

En esta última iniciativa participa como investigador asociado el sociólogo Luis Henríquez, profesor de la Escuela de Sociología de la UV, principal promotor de la venida de Blengino y gestor del nutrido programa de actividades y encuentros que por estos días ambos han sostenido con autoridades, docentes y estudiantes de ese plantel adscrito a Facultad de Ciencias Sociales.

El pasado lunes, el académico de las universidades de La Matanza y de Buenos Aires asistió a una clase de la asignatura de Teoría Social Contemporánea, espacio en el que intercambió puntos de vista con estudiantes de tercer año, con el propio Henríquez y Pablo Aravena, profesor del Instituto de Historia y Ciencias Sociales y decano de la Facultad de Humanidades y Educación.

Este martes, en tanto, impartía una clase a estudiantes del Seminario de Título de la carrera de Sociología, y luego intervenía como expositor en el módulo Seguridad, Territorio y Población según Michel Foucault, que forma parte del plan de estudios del Magíster en Sociología.

En todas sus intervenciones, Blengino enfatizó en la imperiosa necesidad de entender y comprender mejor el presente sobre la base de análisis, discusiones y estudios que aporten una mejor luz a un devenir que a vista de muchos se torna cada vez más opaco.

Ante tal desafío, el docente e investigador argentino no duda en invocar a dos grandes deidades del pensamiento filosófico contemporáneo, cuya persistencia y claridad frente a tiempos de oscuridad las tienen situadas en altares mayores: Hannah Arendt y Simone Weil.

Apelando a ellas, Luis Félix Blengino cuestiona si la penumbra actual debe entenderse como una excepción histórica o si, por el contrario, los seres humanos vivimos atrapados en un ciclo constante de oscurantismo, indagando para tal efecto en las causas que hacen que esta condición se mantenga en el tiempo.

Asimismo, reflexiona sobre cómo las personas actúan en ese tipo de contextos, rescatando quizás la mayor advertencia de ambas autoras: que el valor central de la realización humana no reside en la mera teoría ni en el pensamiento abstracto, sino en llevar las ideas a la práctica y poner el foco en la acción concreta dentro de la vida cotidiana.

Seres de conducta

—¿Cómo se puede vincular este fenómeno con lo que observamos en la actualidad, en el sentido de hacer un diagnóstico del presente, considerando la crisis cultural que parece afectar al Occidente capitalista democrático, que es el eje de proyecto de investigación que dirige?

—Esta idea viene de Foucault, quien sostenía que para comprender nuestro presente como un presente contingente, que no siempre fue así y por lo tanto puede dejar de serlo, hay que hacer una historia del presente, de plantear un problema actual y ver cómo ese problema no es un problema eterno, sino que tiene su propia historia o devenir histórico que nos trae hasta nuestro presente, el cual no comienza en el siglo XXI —o en el año actual— y no es efímero, sino que tiene una densidad histórica que nos trae hasta acá. En virtud de esto, acudir a pensadoras de la primera mitad de siglo XX como Simone Weil y Hannah Arendt representa un gran aporte a este ejercicio.

—Ambas filósofas buscaron arrojar luz ante el totalitarismo y la degradación de la condición humana, como resultado de la desvinculación entre pensamiento y acción. ¿Hoy es factible suponer que el presente contingente está expuesto a una desconexión similar?

—Tanto Weil como Arendt alzaron su voz en momentos que definieron como “de oscuridad”, entendidos estos no como anomalías o en referencia a la existencia de estados totalitarios (fascistas o estalinistas), campos de concentración u opresión. Arendt, particularmente, desarmó esa idea diciendo que la oscuridad es inherente a muchos tiempos históricos, que ha estado presente en muchos momentos. Esa oscuridad tiene que ver más con la anulación del espacio de aparición pública y de la libertad de opinión, que a su vez es algo que apela a la cuestión de transformar la acción en conducta.

—¿Hemos pasado a ser nuevamente seres de conducta, unos conformistas?

—Bajo ese prisma, uno podría decir que hemos pasado a ser seres de conducta, que nos conducimos o somos conducidos. Se trata de algo que tiene que ver con una dimensión estadística y de los grandes números, donde parece que la singularidad o los actos que generan algo creativo, una originalidad o una novedad en la historia, están cada vez más anulados en las sociedades de masas, en cuyo seno da la impresión de que todo funciona con cierto automatismo. Entonces, eso nos trae a una actualidad en la que uno podría afirmar que nuestra capacidad de acción y de pensamiento, o la idea de tener un horizonte de futuro, también se ve opacada. En este punto, podemos decir que nuestros tiempos son de oscuridad, incluso cuando no sea esa misma oscuridad enunciada por Arendt y Weil.

—En el fondo, ¿lo que advierte es que hoy nos estamos comportando o reaccionando de manera similar, aunque en contextos diferentes, al modo en que un gran número de individuos de las sociedades europeas, fundamentalmente, se comportó durante las décadas de 1930 y 1940?  En otras palabras, y aludiendo provocativamente a Arendt, ¿a su juicio, corremos el riesgo de comportarnos como unos “pequeños Eichmann”, unos burócratas capaces de banalizar el mal, medio eficientes o mediocres y extrañamente normales, que cumplimos órdenes sin cuestionarnos finalmente la moralidad de nuestros propios actos, causas o ideas?

—Bueno, yo creo que uno podría hacer ese razonamiento y decir que quizás las sociedades de masas, las de los grandes números y las grandes estadísticas, obviamente que producen anonimato y en ese sentido también producen “desresponsabilización”, y la idea de que hagamos lo que hagamos nada va a cambiar; que si no lo hago yo, bueno… lo hará otro. Y entonces, el sentimiento este de sentirse un engranaje en una máquina que no se puede detener produce esa idea o sentido de “desresponsabilización”, que hace que cualquiera se puede volver un Eichmann, bajo el convencimiento de que hago lo que hago porque es mi trabajo, que no importa lo que yo haga, total lo correcto lo hará otro. Entonces, con eso tendemos a desconectar la idea de la propia acción con las consecuencias; como que la máquina está andando y las consecuencias se van a dar igual, independientemente de lo que yo pueda aportar. Así las cosas, hay una idea como de una disminución de la responsabilidad individual, de la libertad individual respecto de nuestro futuro común. Pareciera que nada de lo que hagamos va a cambiar la situación en la que estamos y eso nos convierte de alguna manera en cómplices. Este problema lo planteó Simone Weil, cuando se hizo la pregunta ¿para qué pensar? Bueno, pensar para entender que si nada se puede cambiar por lo menos no sentirnos tan cómplices.

Falta de coraje

—Apelando nuevamente a estas dos mujeres filósofas, ¿nos falta coraje hoy para decir la verdad? ¿Qué ocurre al respecto en la academia? ¿En las universidades se aborda este problema de manera acertada? ¿Se está pensando fuera de la caja o tan solo se repiten las mismas cosas, los mismos conceptos? ¿Falta una mirada más refrescante, más honesta intelectualmente hablando?

—Hay un tema con esto del coraje de decir la verdad, como apuntaba Arendt. No sé hasta qué punto nuestro sistema académico, nuestro sistema de producción académica, está abierto a un pensamiento que pueda decir otras cosas más allá de las esperables. Y esto nos pone en un problema, porque —y lo digo así, aun a riesgo de ser imprudente— en algún momento frente a las monstruosidades que hoy se escuchan en todas partes, nuestra academia empezó a tener un pensamiento políticamente correcto. En lugar de tener el coraje de decir lo que nadie quiere escuchar, está quedando del otro lado. Entonces, se está invirtiendo esa relación entre el pensamiento crítico, el pensamiento revulsivo, el que anima a pensar. Aunque sea un camino que después no lleve a ningún lado, por lo menos es algo que mueve.

—¿Hay una suerte de burocratización de la academia?

—Diría que sí, que la academia se ha ido burocratizando, en el sentido de sostener algunas convicciones, algunas verdades y tratar de poner un límite. Mientras que el coraje o, mejor dicho, el desparpajo de decir cualquier cosa, nos pone en una situación de ser los que estamos conservando algunos valores para tratar de que no se rompa todo. Pero, definitivamente, en el mundo de hoy nos está faltando coraje para decir la verdad y romper nuestras estructuras mentales, para romper las teorías con las que venimos ya pensando hace mucho tiempo.

—Esto nos lleva de vuelta al tema del presente, en particular a la necesidad de entender el origen de la supuesta crisis cultural que parece afectar al occidente neoliberal, que es a lo que apunta su último proyecto de investigación. Respecto del tema del capitalismo, vinculado al neoliberalismo, hay un tema también de definiciones pendientes. Muchos hablan de la crisis del capitalismo democrático, en el sentido de que no es lo mismo aplicar el capitalismo, por ejemplo, en China, que en Latinoamérica, en Europa o en Estados Unidos. ¿Cómo ve esto, qué análisis puede hacer respecto de cómo enfrentar hoy al capitalismo?

—A mí me parece que hay una cuestión importante que señala Foucault en uno de sus cursos sobre neoliberalismo, en cuanto a que hay que distinguir entre crisis del capitalismo y crisis de los gobiernos, o de gubernamentalidad. Entonces, frente a las crisis del capitalismo aparecen respuestas gubernamentales. Así, el neoliberalismo sería una respuesta para darle nueva vida al capitalismo frente a una crisis de gubernamentalidad liberal. Siendo así, el neoliberalismo es un intento de nueva vida del capitalismo.

—¿Estamos ante un fenómeno qué tendría que ver más con los mecanismos regulatorios que establecen los gobiernos que con el propio capitalismo?

—Claro. Bueno, Foucault lo pone como origen de la crisis; el costo de lo que la trilateral llama el costo de las democracias. La democracia se vuelve costosa porque tiene salario, porque tiene derechos laborales y demás. Entonces, el neoliberalismo viene a desregular y abaratar los costos de la democracia para darle nueva vida al capitalismo. Y a mí me parece, y esto a lo mejor es un poco problemático, que estamos en un punto donde lo que sucede en China, y que es un factor determinante del crecimiento chino, tiene que ver justamente con que su gobierno de partido único puede planificar a largo plazo. Y eso pone en crisis a la democracia, no al capitalismo.

—Tal como en el fondo denunciaron Arendt y Weil, desde sus respectivos idearios.

—Exacto. Porque si el partido único es más eficiente para el capitalismo, no es que estamos renunciando al capitalismo para mantener la democracia. Estamos más bien cerca de empezar a renunciar a los valores democráticos para sostener la productividad competitiva a nivel internacional capitalista. En esto coincido con Simone Weil, en cuanto a que probablemente el límite al capitalismo no venga desde los sistemas o del fortalecimiento de las democracias y nuestras instituciones, que están entrando en crisis por esto que hablamos de China, sino del límite de la naturaleza; del límite ecológico que significa este modo de producción y de explotación de los hombres, los animales, las plantas, el medioambiente y todo lo que se está produciendo.

—¿Vendrá Némesis a cobrarnos la cuenta?

—Algo de eso es lo que hay que esperar, porque no sé si la podremos cobrar nosotros como humanos.

Nota: Gonzalo Battocchio / Fotos: Denis Isla

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